Me contaron que, cuando era niña, ella quería ir a jugar con los vecinos pero sus papás le decían que no lo hiciera, que seguramente sólo la iban a querer por su dinero, por su posición, porque era la hija del embajador y que, obviamente le tendrían envidia.
Me contaron que cuando era niña, ella quería tener un hermano o hermana pero sus papás le decían que de eso no se hablaba, la intimidad de las personas no se discutía y mucho menos cuando tuviera que ver con algo tan sucio aunque Satanás dijera que eso era natural. Y que, además, así como estaba, sola, era mejor porque no tendría que compartir sus cosas con nadie más como lo hacían sus primos, que seguramente le tenían tanta envidia.
Me contaron que, cuando era niña, sus papás le decían que no se asoleara porque mientras más blanca es la gente, se es más gente bien y que, las vecinas y sus compañeras de la escuela seguramente la envidiaban por ser tan bella aunque, ya en su casa, la mamá le criticaba las pecas, -esas marcas del demonio- la cantidad de grasa en la piel, su postura desgarbada, la encía tan grande y los dientes tan largos, y ni qué decir de su brassiere copa AA (aunque seguramente muchas niñas también le envidiarían su planura porque eso era de gente educada, pudorosa, recatada. No como esas voluminosas curveadas corrientes.)
Me contaron que, desde que era una niña, viajaba por todo el mundo porque su papá siempre había sido embajador, entonces le había tocado vivir en diferentes países de Europa; uno más lindo que otro y sus papás le decían que seguramente en todo el mundo la envidiaban por eso.
Me contaron que ella siempre quiso tener un novio -el que fuera- pero sus papás le decían que, como ella se codeaba con pura gente bien, con los diplomáticos y en algunas ocasiones, aunque fuera de refilón con la realeza, debía esperar a que llegar su -literalmente- príncipe azul; por lo tanto debería mantenerse casta y pura al cien por ciento, no como esas pirujas y corrientes simples mortales que seguramente la envidiarían a morir una vez que anunciara su compromiso y seis meses después de este, la vieran salir de su casa, en un carruaje, escoltada por cuatro hombres uniformados rumbo al altar.
Me contaron que entonces se dedicó a soñar primero con Bob Kennedy, que era el que más le gustaba, y con el príncipe Carlos, el que estaba a su altura. ¡Qué envidia iban a sentir entonces todas las mujeres del planeta!
Me contaron que en la calle no la dejaban hablar con nadie, porque ella, que hablaba tantos idiomas, no tenía por qué codearse con la chusma que seguramente envidiarían su gran cultura y preparación.
Dicen que ella era muy piadosa y su mamá, más todavía; incluso, dicen, hasta hablaba con Dios. ¡Qué envidia! Siempre codeándose con las más altas esferas, no sólo del planeta sino del universo entero y sus alrededores.
También dicen que su mamá le enseñaba todo sobre etiqueta, sobre moda, sobre cultura, sobre lo que es correcto y sobre lo incorrecto también. ¡Qué envidia sentían todos los que estaban cerca pero no por eso tenían acceso a tanta sabiduría!
Cuentan que su papá, el señor embajador, siempre tan educado, tan correcto, incapaz de levantar la voz, cuando llegaba a su casa, furioso, se encerraba, en silencio hasta el día siguiente. ¡Qué envidia tener tanta paz en el hogar!, pensarían los vecinos tan llenos de hermanos y mascotas y papás regañones. ¡Qué envidia!
Cuentan que ella no iba a clases ni de natación, ni de ingles ni de baile como todos los mortales a su alrededor. Ella tomaba clases de equitación, de bridge y de criquet para envidia de todos esos niños que sólo jugaban bote pateado en la calle.
Dicen las malas lenguas, que sus compañeras de escuela envidiaban tener una mamá que hiciera las tareas por ella desde que empezó la primaria hasta que terminó la carrera. Que le resumía y explicaba lo que leía en los periódicos. Que le recontaba y reinterpretaba los programas que veían en la televisión.
No me tocó conocer a esa mamá tan brillante y letrada, tan elegante y distinguida. Tan envidiada.
Tampoco me tocó conocer a ese papá, el señor embajador, tan importante y carismático, tan culto, tan preparado, con tanta experiencia, tan embajador. Tan envidiado.
Sólo me tocó escucharla a ella, todas las noches, cuando furiosa, le gritaba a Dios que era un cabrón, cuando los corría a él y a Satanás de su cuarto, porque no la dejaban dormir. Cuando les gritaba a sus papás: ¡Culpables! ¡Hijos de la chingada, culpables!
Sólo me tocó escucharla cuando les gritaba a Carlos y a Bob, ¡putos jodidos! ¡Maricones de mierda! ¡Qué envidia poder decirles sus verdades a los cabrones que no quisieron contigo aún siendo tan importantes!
¡Qué envidia poderle gritar al mundo entero que lo odias, que detestas a la humanidad, que se vayan a la chingada todos tus familiares y conocidos!
!Qué envidia poder comer lo que quieras, aunque sea basura sin que nadie te diga si es correcto o no!
¡Qué envidia no tener que bañarte aunque apestes a estanque si no tienes ganas! Ni de peinarte, ni de cortarte las uñas. Sí, qué envidia no tener que hacer nada para cuidar que esos ganchos enroscados no se rompan. ¡Qué envidia!
Qué envidia poder quedarte en casa sin hacer nada mas que contemplar las seis mil botellas de refresco vacías que has recolectado en los últimos años de los camellones y bolsas de basura de las casas del Pedregal. Sin nadie que te interrumpa por teléfono, porque no tienes. Sin que la luz te lastime los ojos porque ya te la cortaron. Sin el ruido del agua corriente en los baños porque te da lo mismo tomarla de un excusado o de un charco.
Sólo me tocó ver cómo se poblaba de moscas la ventana que daba a su cuarto. Sólo me tocó llamar a la policía para que vinieran a investigar ese olor extraño que se empezaba a percibir cerca de su casa.
Qué envidia morir sin que nadie te venga a molestar con sus lamentos y, después, con los jalones para vestirte para tu funeral, y la incomodidad de entrar a un cajón tan blanco, tan mullido y tan pulcro. Mejor morir así, en silencio, abrazada por tu basura.
Qué razón tenía su madre cuando decía que los vecinos iban a morir de envidia cuando la vieran salir de su casa escoltada por cuatro hombres uniformados, en un carruaje. Dentro de una bolsa de plástico. Seis meses después de su muerte.
Ale Walls