El suero en la coyuntura del codo derecho. Imposible doblarlo, la aguja raspa con el hueso. Suena el monitor. La sangre se regresa. Estira el brazo, mujer, impides el flujo del antibiótico. Arde. Noto la existencia de mi vena. ¿Hay dolor abdominal? No quiero estar aquí: sólo tuve fiebre. El desmayo y las náuseas no justifican un internamiento. Los análisis siguen negativos y el diagnóstico incompleto. Llévense la charola, no voy a cenar. Tampoco comiste. No voy a cenar. Cefalea.
La presión sigue baja. ¿Qué hora es? Déjeme tomarle la temperatura. Déme algo para dormir. El doctor vendrá mañana. La cabeza partida a la mitad como con un hacha. Estire el cuello. El dolor me parte en dos hemisferios. ¿Va desde la frente hasta la nuca? No te agaches. Tu esposa debe caminar. No se fatigue, podría volverse a desvanecer.
Mejórate pronto. La tarjeta está sobre la mesa. No debieron molestarse, gracias por las flores. ¿Cómo estás, ya bien? Hoy tiene mejor semblante. Qué les ofrezco, atiéndanse. No más de cuatro personas en la habitación, por favor. Igual ya nos íbamos. ¿Quién habla? Perdón, acaba de llegar el doctor. ¿Hay antecedentes familiares? No se sabe, sus padres murieron cuando ella tenía ocho años. Me duele la cabeza.
¿Y la cicatriz en el codo? Se volteó la camioneta. ¿Te quebraste el brazo? No, me rompí la madre. Ellos murieron, tú no. Que sea próxima tu siguiente hospitalización, pero por un bebé, ¿eh? Síntomas: insomnio, opresión en las costillas, orina turbia, debilidad. Seguramente la pescó en un viaje. Es que no es bueno aguantarse las ganas. Ella se limpia de atrás para delante. No, no hay dolor al orinar. Constipación.
No llores, princesa, pronto saldremos de ésta. La última vez que estuvo aquí también llegó por urgencias. Sí, lloraba y sólo preguntaba por mis papás. Ves el techo mientras te conducen en camilla al cuarto de las radiografías. Te encaminaban al quirófano. Lo único que hacías era pedir que atendieran a tu mamá, que ella también estaba lastimada, que necesitaba una ambulancia. Todo va a estar bien, todo va a estar bien. El hormigueo regresa, ¿por qué te canalizaron en el pliegue del codo? Lo siento, era la única vena visible.
Enojo, desgano, desesperanza: comienza la hora de la angustia. La mesa engorda por la creciente pila de chocolates. No reciban más visitas, incrementan su ansiedad. ¡Cuatro años llevas casada! ¿No quieren o no han podido? No hay espacio en mi vientre. Los muertos se mudaron con todos sus objetos: las astillas de vidrio, la llanta zafada, el resquebraje de pintura azul.
Escalofríos. El termómetro no funciona, sigue marcando hacia arriba. Favor de limpiar el charco de sudor en las sábanas. Cambien esas sábanas. No, no tapen a mi papá con eso, no va a poder respirar y tiene sangre en la cabeza. Será mejor que pidamos una segunda opinión con el neurólogo; que revise a tu esposa y nos quitamos de dudas. El dolor de cabeza no corresponde con el diagnóstico. Cefalea migrañosa por tres componentes: nervioso, infeccioso y antibiótico. Descartada la posibilidad de meningitis. La infección es fuerte, tiene los glóbulos blancos muy bajos. Todos los muertos viajan por su sangre.
Te sientes culpable.
Tú sobreviviste.
Sara
Mezclar las dos historias le da una fuerza anímica muy impresionante.
Haces que uno se pregunte: si el pensamiento recurrente de sobreviviente despertó el dolor de cabeza, o si ver de nuevo el techo, las luces, el suero, la lleva a estar de frente con los recuerdos.
Sara, como siempre, me deja muy conmovida y pensando mucho todo lo que escribes y me gusta la forma en que fluyen las dos historias. Un beso.