Terminamos en ese lugar por mi insistencia de probar comida yemenita. Dimos con él en uno de los callejones cerca del mercado principal, en el que paseamos y del que salimos huyendo por el calor insoportable.
Las mesas eran de aluminio del más corriente y cualquier niño por más debilucho que fuera habría podido levantar alguna de ellas con una sola mano. La mesera con pereza nos sugirió los únicos dos platillos para ordenar y dos de nosotras pedimos el malawa completo que incluía huevo duro y las otras dos el sencillo y cuatro cafés turcos con leche. Cuando llegó la orden me decepcioné ya que me acordaba que el platillo era un poco más glamoroso, pero aún así defendí el desayuno como a una causa noble ante la desaprobación de las demás, argumentando que qué otra oportunidad en la vida tendríamos de desayunar de nuevo juntas en otro lugar tan original, por no decir humilde, comida tan étnica, por no decir condimentada.
El callejón estaba tranquilo, olía a lo que huele la sandía cuando recién se abre un día de verano. Se veía pasar a parejas con su bolsa del mercado, flores en la mano. Carros estacionados junto a las sillas y mesas, pósters arrancados muchas veces en paredes mal pintadas. Gatos escondiéndose tras las macetas de plantas como ladroncitos pícaros.
Lo que pasó después se me revolvió con el huevo duro, el sudor que me resbalaba entre las piernas, y unas gotas de sangre que desaparecieron frente a mis ojos y que no me digan que estoy loca porque loco el que se trató de suicidar con una botella frente a nuestra fonda de comida yemenita.
Estábamos las cuatro y Hanna lo vio de lejos y lo ignoró. Ha de haber estado platicando de algo interesante porque ¿a quién se le pasa comentar ese tipo de cosas? Ya después me dijo que nunca pensó que venía hacia nuestra mesa. Si uno ve a un tipo sin camisa caminando de prisa con una botella verde vacía llorando y gritando en un idioma distinto, en este caso árabe, dice algo, o al menos abre los ojos más de la cuenta. Se fue acercando y entonces sí ya era evidente que sus gritos no sonaban a canciones ni piropos y cuando volteamos de paso aventamos la mesa también, pero del susto.
Ya para entonces el tipo había roto la botella contra la pared y la mitad se había quedado en el suelo hecha pedazos, se agachó y escogió el vidrio más grande y filoso para comenzar a rajarse y todo esto sin dejar de gritar quién sabe qué, aunque sonaba horrible. Siguió su camino ajeno a la indiferencia de su alrededor.
Los cuatro señores que tomaban café frente a nosotras lo único que hicieron fue mover su mesa un poco y siguieron platicando. La mesera o dueña, ya ni sé, salió de la cocineta hablando por celular y detuvo su conversación para tranquilizar a Nelly “No te preocupes, esto pasa todo el tiempo” que lloraba como si hubiera sido su hijo el que se estaba destazando frente nosotras.
Hanna y yo decidimos seguir las gotas de sangre en una hazaña detectivesca y frustrada, digo, porque nunca logramos nada. En algún momento las gotas de sangre se evaporaron o se ocultaron entre las manchas del cemento y de repente ya no hubo huella ni de él ni de su sangre. Como en el cuento de Hansel y Gretel, las miguitas de pan que iba dejando Hans a su paso para que lo encontrara su papá, solo que a este pobre infeliz no lo encontraría nadie, ni la ambulancia que llegó después de que alguna persona se dignó llamarla. Dentro venía una pareja de jóvenes guapos que parecía molesta por haber sido interrumpida en ese día de verano.
Nuestros ademanes de euforia no lograron sacarlos de su letargo cuando les contamos lo ocurrido. Mientras Hanna terminaba de hablar me imaginé que todo esto sería motivo de burla en alguna reunión de sus amigos por la forma condescendiente en que nos miraban, entre extrañados y de mal humor cuando respondieron:
–¿Y qué pretenden, que nos metamos a buscarlo al mercado?—dijo uno, y el otro—: ¿qué quieren, una medalla?
Su ambulancia equipada seguro estaba muchísimo más cómoda que el mercado hasta el tope de gente apretujada y chorreando en sudor y que los callejones en donde estábamos paradas. Su tono tajante era tan agresivo como la indiferencia de la gente de alrededor.
Al caminar de regreso en el suelo había un pedacito de vidrio verde de la botella. Lo envolví en una servilleta, y me lo traje de regreso como recuerdo.
Karen K.
Me encanta tu escritura sin miedo; no tienes miedo de decirnos desde un principio lo que va a pasar, anticipas la sorpresa y el resultado es un texto muy presente, fresco, natural y a la vez intenso.