Sobre propósitos o mejor no

No sé qué hay detrás de los colores verde y rojo que me hace sumergirme en este trance en el cual –supongo– está toda la humanidad, y digo “supongo” porque veo a la señora que está a mi lado con su bufanda que se ve divina, aunque en realidad no hace tanto frío como para tanta lana, o acrílico.

La luz es diferente, más luminosa, hasta dorada, como las miles de esferas que ya decoran los anaqueles. Unos  niños juegan con unos arbolitos de Navidad que botan brillantina mientras su mamá ve la variedad de colores de las esferas sin decidir cuál llevarse, y seguramente yo sería igual.  Yo decoraría mi casa empalagosamente navideña, y quizá lo digo porque no celebro.

La señora de adelante parece que va a tener un fiestón. Esos platos que lleva son tan divertidos. Me encantaría comer en un platito que tuviera a ese Santa obeso apretujándose contra una chimenea y sus renos viéndolo con cara de ni madres cabes por aquí. Qué cosa más simpática. Además se llevó los vasos y los platos de servir. ¡Wow! ¿Habrá servilletas también? No puedo creer que me estoy dirigiendo al pasillo de los platos. Yo sólo vengo por verdura, ¿por qué estoy en estos pasillos? Debí entrar por la salida, siempre me pasa lo mismo, o de plano ir a la Comer a la vuelta de mi casa, ¿quién me manda a venir a Walmart? Sí, más barato, pero uno termina con cien cosas que no necesita. Y pensar que hace un par de meses estaba toda la colección completa de Halloween.

¿No está divina la vajilla? Divina. Me encantó. Suerte, feliz año.

Ojala  fuera Navidad todo el año. Este sentimiento de bondad. Sueno a anuncio de Televisa barato, pero la gente se suaviza y anda contenta con propósitos nuevos, aunque los míos son básicamente los mismos que no se cumplieron los años anteriores y  –Señorita, disculpe, ¿el Ajax en polvo? Ah, sí, gracias.  Como las mismas libras atoradas que no puedo bajar por las mismas razones que en enero del año anterior, que seguramente son las mismas de todos los años.  Por eso cada año mis resoluciones han disminuido. Antes hacía listas grandes numeradas del uno al diez, pues diez son demasiadas cuando hay que cumplirlas  y me costaba llenarlas. Ahora hago una que otra, pero el año pasado hice una sola: “ser una mejor persona”, y ésa abarca todas las áreas. Creo que hice un buen trabajo, al menos no taché diez veces la lista, y  siempre queda el próximo año para superarme.

¿Joven, los jaladores? Ay… gracias, y feliz año.

Me podría pasar diciendo “feliz año” todo el año, y el chavo del jalador me ve raro. Creo que le parezco demasiado intensa, así que le bajo dos rayitas a mi entusiasmo. Mejor me concentro en lo que me falta por comprar que ya no es tanto. Palmitos, chipotle, salsa inglesa… mmm, no sé si había, bueno, ya ni modo, me la llevo, total… nunca cae mal tener de más.

Se me antoja hacer el pavo que salió en la Bonapetit de este mes. Es tan complicado que desisto. Me conformo con tacos de pescado o pizza, hay años de vacas flacas o de viejas huevonas con toda la intención. Las recetas de esa revista se ven espectaculares, hasta la lechuga es despampanante y se antoja. Me decido por la receta menos elaborada, misma que resulta ser de col rizada con almendras y aderezo de tomillo con vinagre balsámico.  Entre los propósitos del año pasado estaba el ser una mejor persona, lo cual abarcaba un sinfín de categorías. Cocinera entre ellos. Desisto cuando junto a la lechuga veo espinaca, cilantro, perejil y las hierbas de cajón.  Ya faltan días para el 2012  y agarro una bolsa de ensalada César, de ésas que traen su aderezo y hasta crutones incluidos. Estoy segura de que la col rizada era amarga de todos modos.

Por fin la última verdura y sin querer choco mi carrito contra los dedos de una señora.

–Perdón, señora, disculpe, no fue mi intención lastimarla. Perdón, perdón, perdón…

¿Qué más hago? Sólo falta que la sobe y le ponga un torniquete. Diga algo. Dígame “no pasa nada mija”, “estoy bien, no es para tanto”, “feliz año, felices fiestas”; algo, pero no me vea con esa cara.

Genuinamente  y por quinta vez le pido disculpas pensando que el dedo lo va a perder entre los huevos y el yogurt  de su carrito y el mío.

–Pues NO, ¡no te voy a perdonar!

Después de recoger mi mandíbula arrastro mi dignidad y todas mis compras a la sección de embutidos. Me zampo varios pedazos de queso manchego de ésos de degustación y me apuro mientras le busco a la señora un apodo apropiado, y como manantial me brotan todas las malas palabras de mi diccionario interno. Son mantras que me dan toda la fuerza necesaria para continuar el recorrido. Hay quienes hacen yoga, otras como yo necesitamos de estos recursos para armarnos de valor.

La volteo a ver con todas mis fuerzas. Ruego que crucemos miradas y entonces le levanto el dedo más largo, el de la seña, el fuerte, el que pesa y se necesita en casos como éste y no sé qué se le abren más, si los ojos o la boca. Hasta creo que en ese momento su dedo deja de dolerle.

Mientras estoy en la cola para pagar, devuelvo los platos de Santa que de igual forma no voy a usar jamás, no sé ni para qué agarré uno, y me voy con la única resolución de que el próximo año no haré ninguna.

            Karen K.

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